Sesenta.

Sesenta veces abrí el chat para decirte hola.
Sesenta fueron los segundos que me hicieron falta para tener el valor de decirte adiós.
Sesenta las maneras con las que probé para llamar tu atención.
En sesenta milésimas me enamoré de ti...
Y ya llevo sesenta días intentando olvidarte.
Sesenta minutos hablamos la primera vez.
Sesenta kilómetros separaban la realidad de dos personas; nuestra verdadera cara.
Sesenta horas les dedicamos a contarnos nuestros miedos.
Sesenta veces morí, para verte sonreír un minuto.
Sesenta meses en cansarnos de esto.
Sesenta son las palabras que ocupó aquella carta en la que te decía te quiero.
No fueron ni sesenta segundos los que tardaste en tirarla.
Sesenta las entradas que te he dedicado en este blog.

Pasaron años, no tantos como sesenta... pero se sintieron eternos.

Esta vez fuiste tú quien abrió la conversación.
Tardé sesenta horas en salir del impacto y contestarte.
Quedamos para charlar.
Y volvimos a sentir esas sesenta y tantos sentimientos, como la primera vez.
Al sexagésimo beso no querrás separarte de mí, me dijiste.
Y en mi cabeza te contesté que ni en sesenta malditos siglos podría olvidarme de esos besos.

Sesenta parece un número perfecto para ti. Que vives atropelladamente, confiado e improvisto de baches.

Sesenta las caras que te encontré en todos esos silencios que me otorgaste.
Sesenta las veces que me miraste arrepentido y triste.
Sesenta oportunidades las que te otorgaría.
Sesenta los llantos por darte esas maneras de no cagarla.

Esta es mi entrada sesenta y pico. Mi último suspiro por ti.
La última vez que te dedicaré mi tiempo y mi escritura.
Porque sesenta fueron las veces que me dejaste ir.

Esta vez, al minuto sesenta, me iré yo.








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